Fresa y Nata

Bloody. 136 x 140 cm.

Malinka Mayá 123 x 74 cm.

Fresa y Nata. 200 x 134 cm.

Mamlüks. 100 x 100 cm.

Diez para los cincuenta. 85 x 67 cm.

Cándidus (15 piezas). 20x15 cm.

Candidus (detalle).

Candidus (detalle).

Mon Amour, la guinda de mi vida y la salvación de mi vecino. Fotografía.

Mon Amour (detalle).

Infancias Instalación (Vista).

Infancias Instalación.

Infancias Instalación (Detalle).

Las tres gracias Leire, Victoria y Sofía. Tríptico 23 x 23 cm.

Las tres gracias (detalle).

Lucía y María. 102 x 32 cm.

Detalle Lucía y María.

 

 

FRESA Y NATA

Hablar de los sueños, contarlos con imágenes e ideas, ordenar sensaciones y estructurar con signos las percepciones, es bastante complicado. Especialmente si esos sueños tienen algo que ver con nuestros recuerdos. Por eso, tal vez la única forma de aproximarse a ellos, sea con tanto cuidado como el silencio que deja la huella en la nieve. Hay que usar metáforas, juegos poéticos, formas, que simbolizan y explican, pero siempre de una manera en la que hace falta mucha intuición, algo de sensibilidad y grandes dosis de imaginación, para construir con todo ello un discurso plástico.

La obra de Nacho Zubelzu nos propone un acercamiento personal a sus recuerdos, unas situaciones personales muy subjetivas, pero de tal forma que se convierten en algo global, generalizador, desde el momento que se acepta que todos los sueños nos trasladan a nuestros deseos y nos devuelven a nuestra infancia.

Zubelzu en sus obras juega con el balance, el equilibrio de las edades con el paso del tiempo. Por una parte, la inmaterialidad, lo sutil, el ensueño, el deseo, por otra parte, los materiales: plásticos, tela, cobre, fibras, skay, las formas concretas. Entre estos dos umbrales se tensa la narración con hilos que tejen la práctica artística. Domina la metáfora como línea rectora del discurso: el poder transmitir ensoñaciones, angustias y la búsqueda de una fórmula narrativa suficiente para hacernos sentir la curiosidad necesaria para ser incluidos en la obra de arte. De esta forma, Zubelzu atrapa al espectador en su mundo ilusionista, buscando su complicidad emocional.

Son rastros o evocaciones de cada una de las relaciones, percepciones, amores o amistades que han pasado por su vida, impregnando de sentimiento cada uno de los objetos con gestos artísticos. Su intervención espacial se realiza a través de la acción del color: color fresa, el gozo de la infancia ingenua y cálida, color blanco, la niebla que envuelve el paso del tiempo, con futuro blanco cremoso.

El artista, que nunca ha trazado una línea divisoria entre pintura y escultura, más bien, son ámbitos que complementa, usa en sus obras la repetición y variación que generan secuencias en las que se aborda un análisis de las ideas, sensaciones y sentimientos, con el fin de alterar y distorsionar la realidad, a partir de esa multiplicación de planos. Una prueba de ello, es su “Románico” donde la superposición de bloques irregulares reemplaza a la austera y fría piedra por la cálida y suave polipiel, resultando una estructura delicada y a la vez compacta en la que desarrolla la meticulosa perseverancia de una sistemática que ha ido enriqueciendo con el tiempo.

De esta forma, alguno de los ingredientes presentes, vida, amor, nostalgia, fetichismo, se cosen en los retales de la obra “Infancias”. Trabajo sobre un proceso acumulativo, mediante el que se exploran posibilidades tanto conceptuales, como plásticas y espaciales. Diversas formas apiladas contra la pared, revestidas de telas blancas encubren inocencias infantiles. O las puntadas reiterativas en las suaves texturas de la composición “Lucía y María”, con las que entreteje retazos y nostalgias de la niñez.

En la pintura también fragmenta la realidad de “Fresa y Nata” trazando líneas que buscan la mirada que unifica la muestra y mantiene el equilibrio que da nombre a la exposición, entre la palpitación intuitiva emocional y la fría dicción de la realidad, a partir del uso de paradojas y el enfrentamiento de dos conceptos contrapuestos caliente-frío, fuego-nieve.

Su manera de trasladar el paisaje, de resumirlo en unas cuantas piezas seriadas, implica una actitud contemplativa, de quien no interviene ni altera un orden establecido, sino que lo traduce y condensa presentándolo tal cual lo ha percibido, con sus silencios y sus mínimas variaciones, evocando la huella, el frío, el sutil perfil de la nieve en los veinticuatro segmentos de la serie “Nival” .

Esa misma presencia sutil se observa en la fotografía, un ejercicio de máxima reducción artística, que despoja a las obras de todo elemento superfluo y añadido, reduciéndolas a su esencialidad en tanto que objeto de arte. No hay un tratamiento estético de la imagen fotográfica, sino que la fotografía es utilizada por Zubelzu como instrumento, igual que cualquier otro, para describir sus recuerdos y pasiones. Por eso, en “Mon amour, la guinda de mi vida y la salvación de mi vecino” el objeto, fuera de su contexto habitual adquiere nuevas significaciones. Hasta ese momento se ha mantenido en unas situación de semi-imperceptibilidad, oculto en el continuo de la realidad, mientras que ahora, observado atentamente, despierta de su cotidianeidad para mostrar sus posibilidades en el campo del sentido, para profundizar la mirada en él y descubrir sentidos poéticos.

Por otra parte, sus instalaciones tridimensionales que ocupan el espacio, dialogan con él de una forma natural, sin invadirlo, con líneas que van trazando todos los caminos posibles de la vida, son los “Pilar`es´” sobre los que se asienta la existencia, tantos, que finalmente todo queda reducido a una laberíntica maraña de cordón rojo. Esa misma encrucijada de caminos se traslada al dibujo en la serie “Vidas”.

En esta exposición Nacho Zubelzu aglutina varias disciplinas: pintura, escultura, fotografía, dibujo, instalación, en todas las estructuras concentra y sintetiza ordenadamente la expresión de una visión silenciosa y armónica, las emociones que pensamos como interior y que percibimos como exterior. Establece un juego irónico, en el que todos somos, al fin y al cabo,……. Fresa y Nata.

 

Pilar Lorenzo